sábado, 30 de junio de 2012

LA MEMORIA DE TODOS (Memoria Ilustrada 2012)


(Mi Obra/Collage para la Muestra, sobre el cuento de Verónica)


La memoria de todos
Escrito por Verónica Sukaczer

Varsovia, 18 de julio de 1942
-No queda tiempo –dijo Hannah a su padre, con resignación en la voz. En el gueto todo se iba acabando: las papas, la paciencia, las vidas, el tiempo. Pero la esperanza no. O sí. A veces se terminaba la esperanza, pero por un rato nada más. La esperanza cambiaba siempre de forma, regresaba, alguien aportaba la suya y se multiplicaba.
–Podemos sacarte ahora.
-Los libros primero- dijo él, terminante.
Los libros primero.
El padre de Hannah era bibliotecario de una biblioteca que ya no existía.
Los libros primero.
-Sacamos todos los que pudimos. Es tu turno.
-Todavía quedan libros – insistió el padre.
Hannah sabía de antemano que no ganaría esa discusión.
-Dame el tuyo, también – dijo antes de partir.
-¿El mío? ¿Cuál?– preguntó el padre.
-El que escribiste vos. Tus memorias.
El padre sonrió.
-Quedó un solo ejemplar. Los otros los quemaron. Hay libros más importantes.
-¿Te acordás qué decías en relación a la destrucción de libros? Decías...
-Que si te matan las palabras, te matan dos veces – dijo el padre.
Hannah logró escapar esa noche por un agujero en la pared que separaba el gueto del resto del mundo. Llevaba el libro que había escrito su padre abrazado sobre el pecho.
Nunca se volvieron a ver.

Rosario, 18 de julio de 1978
¡Los libros! ¡Tendría que haber escondido los libros!, se dijo Julia cuando los escuchó llegar. Pero ya era tarde. Lo único que le quedaba ahora era esperar, no rendirse, pensar, seguir siendo.
Para evitar que algún tipo del otro lado tirara la puerta abajo, fue ella quien abrió y los dejó pasar. Respiró hondo. Los miró a los ojos. Eran muchos hombres, muchas armas, mucha amenaza. Todo para ella. ¿Todo para ella?
Mientras uno daba vuelta muebles, otro tiraba los libros al piso como si se tratara de alguna plaga que había que aplastar.
Por instinto, Julia se arrodilló frente al montón de papeles, tomó un texto cualquiera y pasó una mano por la portada. Era el libro de su abuelo, el que su madre Hannah había traído de Europa... Entre los cientos de libros que había en su biblioteca, justo ese en ese momento.
Cuando se la llevaban, Julia escuchó que alguien decía:
-Los libros, quemalos. 
Y entonces pensó qué pena, qué tontería quemar libros... Esta gente nunca aprende...No sabe que los libros echan raíces, que aunque los destruyan vuelven a crecer...Porque los libros son la extensión del pensamiento. Y el pensamiento no puede quemarse... sólo se quema el papel. Qué estúpidos, qué ignorantes... Y luego se arrepintió de nunca haber hecho una copia del libro de su abuelo. Porque después de todo, aquella historia era parte de su historia. Su memoria.
Sí, eso fue de lo único de lo cual se arrepintió.

Buenos Aires, 18 de julio de 1994
Cuando el bibliotecario de la Fundación IWO, que funcionaba en el tercer y cuarto piso dela AMIA, encontró el libro, no podía saber que se trataba de un libro que ya había sido salvado dos veces. Que era un libro sobreviviente. No podía saber lo que había sucedido ni lo que estaba por suceder.
El libro había estado perdido durante años. O más bien olvidado. Porque no puede perderse aquello que no se sabe que se tiene. Simplemente se había caído de una caja y había quedado oculto detrás de otra. Hasta ahora, que había sido hallado y buscaba su lugar entre otros 80.000 títulos.
El bibliotecario intuía que tenía entre manos algo especial. Sospechaba que ese libro era único. Que no existían otros ejemplares dando vueltas por el mundo. Así como era único el camino que había recorrido para llegar hasta allí.
Antes de empezar a trabajar, el hombre colocó sus manos sobre la tapa y recitó la oración que recitaba frente a cada texto, una plegaria inventada que abarcaba todo lo que él hacía, su trabajo y su pasión, su legado.
Recupero la memoria de uno para la memoria de todos, dijo.
Luego, el desconcierto. El dolor.

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Comenzaron a llegar desde todos los rincones. Había altos, flacos, gordos, judíos, grandes, porteños, sordos, bajos, cristianos, creyentes, pelirrojos, pelados, no creyentes, miopes, sanos, estudiosos, provincianos, enclenques, jóvenes, no tan jóvenes. En ellos se dibujaban todos los credos, todas las razas, todo un arco iris de humanidad. Y a nadie le importaba. Es decir, nadie se ponía a señalar al otro, nadie pensaba que el de al lado era distinto. Porque todos eran distintos. Y no, eran todos iguales. Y eso estaba bien. Eso los hacía grupo.
Con paciencia de hormiga, con vista de lince, con deseo humano, buscaron entre los restos de los restos, buscaron contra el olvido. Durante diez años recuperaron, rescataron y restauraron miles de libros, de fotografías, de diarios, de discos, de afiches, muchas pinturas, estatuas, instrumentos musicales.
Ninguno de ellos –eran más de ochocientos, y sería injusto nombrar a uno sin nombrar al resto-, podía saber que entre los escombros estaba el libro que había sido salvado dos veces, y que pronto volvería a ser salvado. El libro sobreviviente. Tampoco podían saber que cada vez que uno de ellos recuperaba un libro, recuperaba la memoria de todos. Le ganaba la partida al odio y a la muerte. Es difícil darse cuenta de eso. Es algo muy fuerte, muy grande. Porque aunque pocas veces nos detengamos a pensarlo, estamos hechos de eso. No de papel, claro, sino de sentimientos, ideas y palabras. Algo que sobrevive a todo.

Los personajes de este cuento son ficticios, así como la historia de ese libro único. Luego del atentado a la AMIA, más de ochocientos jóvenes trabajaron durante una década en las tareas de recuperación y restauración de los materiales que atesoraba la Fundación IWO: libros, fotografías, discos, afiches de cine y teatro, periódicos, revistas, esculturas, instrumentos musicales, pinturas, etc.



martes, 26 de junio de 2012

Personaje

Todos me piden que cree un personaje.
¿Como voy a crear un personaje?
¿Y si después no lo puedo mantener con vida?
Mucha responsabilidad...

Aunque...ya creé un personaje...